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No.269162 Panama View View Original Report
Tantas y tan entusiasmantes son las opciones de ocio que se le ofrecen al hombre moderno (al más moderno hasta la fecha), que difícilmente es capaz de atenderlas todas y satisfacer en cada una de ellas su contenido potencial de diversión; tal es su compromiso con su propio esparcimiento… pero no es suficiente, pues aún multiplicándose por tres no es capaz de hacer rentable el esfuerzo conjunto de sus demás congéneres por generar más y mejores condiciones para completar su tiempo libre. Pero el Hombre, y el hombre moderno a la cabeza, siempre ha sabido ver más allá de sus propias circunstancias y alcanzar soluciones para lo que pareciera insoluble, tal vez subviertiendo sus normas y venciendo prejuicios ancestrales en aras de una nueva conciencia de los límites de su misma humanidad.

La revolución industrial trajo consigo el embrión de la era moderna, y en ella el hombre aprendió a delegar su trabajo en las máquinas y aspirar, con su tiempo reconquistado, a más altas cotas de desarrollo tecnológico y bienestar. Dos siglos más tarde, ese mismo Hombre (no hay otro; pudiera haberlos, agazapados detrás de éste; ¿quién sabe?) ha generado una masa tal de riqueza y excedentes que su principal preocupación ha pasado de ser la producción de bienes al consumo mismo de esa producción que en la actualidad sobrepasa con creces a la necesidad que la fomentó y que ya muy remotamente la justifica.

Y en el crater de esta benigna e incontenible erupción, la lava eyectada y borboteante está cada vez más sometida al servicio de pretendidos placeres en los que solazarnos y perdernos, pero de los cuales más y más objetos de placer que quedarán a su vez estériles y almacenados, abaratados, destruidos, pocos llegamos a apreciar, siendo tantas las horas que debemos emplear al día en producir o lo que es peor, regalados. Entre tanto, las contadas horas de recreo parecen no tener otro objetivo que el de entregarse atropelladamente a estos placeres consumibles y tratar, en la medida de lo posible, de equilibrar la vencida balanza entre lo que ferozmente se produce y lo que a duras penas se llega a consumir.

Este es, sin lugar a dudas, un momento crítico. Tal vez ha llegado la hora de dar un cambio drástico y revolucionario a este estado de cosas desquiciado. Tres siglos atrás, el Hombre (el mismo de antes) supo iniciar con valor el ya citado proceso irrevocable por el cual fue circundándose de ingenios mecánicos que le ayudaron a satisfacer sus necesidades básicas (alimentos, vivienda, transporte, energia…). Estando hoy en día sobradamente cubiertas aquellas necesidades primarias (para el Hombre al que me refiero, sí lo están), ¿no es ya hora de aplicar, con el mismo rigor lógico que nuestros industriosos antepasados, algo de inteligencia en corresponder nuestras nuevas exigencias y solventar de una vez por todas la problemática de los bienes de placer que nadie puede consumir por estar empleado su tiempo en la elaboración de nuevos bienes de placer